Disfruto mucho pensarte, leer tus correos, escribir para ti. Recordar tu cara y ver en tu foto que tus rasgos no se diluyen en mi cabeza. Me gustaría decirte que no me angustio, que no lucho. Pero te mentiría. Siento ansiedad porque no quiero que te vayas. Lucho por mantener el sano juicio. Lucho contra el sentido común, porque me aconseja derrotar al tiempo y la distancia antes de siquiera imaginar en construir algo juntos. Pero no quiero. Pierdo la razón y me imagino besando tus labios. En un murmullo te digo… me gustas desde el día que te conocí.
Perdóname. Estando lejos es fácil escribir cosas bellas pensando en ti. Pero quiero seguir. Tu cabello ondulado, precioso. Tu sonrisa inquieta, y esa mirada que parece que siempre quiere decir algo más. Un guiño de ternura en tu mirada, coqueta presencia. Y lo mejor de ti, tus ganas de vivir, tu deseo por conocer, y verte en la nieve en Canadá, o abrazando a un alce. Preciosa.
Pero es absurdo seguir con esto, estas lejos. Apenas y te conozco. Es supersticioso pensar en ti. Y qué si se diera, ni tú ni yo, ya no creemos en el amor. Hemos perdido la inocencia y sabemos que las relaciones no son fáciles. Envidio tu descubrir el mundo, viajar, aprender, usar lo aprendido. Pero cuando pienso en ti, todo lo demás se atenúa, pierde valor. Y así quiero imaginarte. Con una mochila al hombro, recorriendo en tren Europa, y yo cogiendo tu mano. Te veo a distancia y admiro lo hermosa que eres. En ese momento te abrazo y delicadamente tomo tu cara con mis manos y la acerco a la mía, y te beso con los labios mojados, tiernamente cierras los ojos y acaricio tu tez blanca como a nieve.
Me detengo y suspiro. Es irreverente seguir con algo que no existe. No ha pasado nada entre nosotros, aunque tengo fresco en la memoria los breves momentos en que estuvimos juntos. Bailando en el Kubrik, un guiño detrás del escritorio. Me platicabas que bello era ir el día de muertos a Michoacán, y disfrutar de una tradición tan mexicana, comiéndote alguna ensalada al lado de la ventana del comedor. Una despedida breve cuando salí de la oficina. Unas llamadas. Algún correo. El asunto del canadiense y el amor. ¿En qué momento te perdí de vista? De repente y no sé por qué, estando en diferentes latitudes te has hecho tan presente, tan viva, tan real. Y dejo escapar una carcajada, el cliché es inevitable. La clásica historia de amor en que el amor es inconsumable, por ende maravilloso, histórico. El recurso de las ganas, de lo probable, de la distancia y lo absurdo para que después, cuando el espectador está al borde de la desesperación, la pareja se reencuentra en la más extraña de las coincidencias y se aman infinitamente.
Y leo tu correo. Una profundidad que no me esperaba, una certeza que me desnuda ante ti. Y son solo palabras. Ideas. Que después de leerlas, crean un sentir. Y ese sentimiento nutre mi esperanza. ¿Para qué? me preguntas. No puedo contestar eso. ¿Qué sentido tiene todo esto? No lo sé Sindali. Para no aburrirme. Para morir de desamor, qué sé yo. Arrojarme a la soledad y la tristeza de estar solo. Gozar cada lagrima que recorre mi mejilla al saber que nada tiene sentido. Que todo se ha vuelto tan complicado, tan de “adultos”, horriblemente rutinario y encarcelado a esa necesidad de proveer, madurar. Que he visto todos los caminos, que he mirado todas las posibilidades. Que no hay salidas fáciles ni rápidas. El futuro me angustia. No hay aun nada escrito. Hoy solo me aferro a ti.
Tu dulce aroma, tu piel suave y tersa como un durazno. Tus labios exquisitos, y tu sonrisa sincera. Tu genial forma de pensar. Tu análisis psicológico derramado en mi subconsciente. Tu yo y mi ego, coqueteando con tu ego y mi yo. Tu bello cuerpo. Tus hábitos, tan sanos que me da miedo…por que reflejan la debilidad de mi persona en mis vicios. Y siento admiración por ti, porque has cumplido todos tus sueños y porque caminas con la frente en alto. Y me hago pequeño porque soy tímido ante una persona como tú. Soy débil y sensible a tu guiño o tu desprecio. Pierdo mi identidad cuando estas a mi lado, como ese día que te sentaste conmigo. No sabía que decir, no sabría qué hacer. Prendía un cigarro y miraba por la ventana cuando te bajaste de un Athos amarillo. Me subía el color a la sangre cuando te vi, afortunadamente el lugar estaba oscuro. El estomago se achicaba y me daban celos al ver que llegabas con tus camaradas, todos felices. Minutos después bailábamos. Música electrónica, deliciosa y repetitiva, me mojaba los labios con vodka para acallar la angustia y la necesidad de besarte. Al fin te fuiste y me quede con mi soledad.
Hoy te tengo en mi presente, hace frío. Me derrota el cansancio y pongo la cabeza en la almohada. No dejo de pensar en ti. No quiero. Enciendo otro cigarrillo y espero. Y vuelve la imagen de tu blusa escotada, tus jeans ajustados. Tus rizos y tu bella sonrisa no me dejan dormir.
Hoy sin ti no me queda nada. Me atormentan mis decisiones, mi pasado y mi presente. Te has convertido en ese sueño de libertad…
… en el tiempo y la distancia.
… lo posible de tu amor.
… y lo absurdo del amor.
Mauricio Chacón
Original 2005
Revisado junio 2008
al fin y al cabo ¿qué es amar?…
Por: Vio el 28 Enero 2009
a las 1:18 am